Hemos hablado de la amistad y el efecto devastador en nuestra salud el no tener amigos, hoy escribo sobre
el odio, o mejor escribo a favor del perdón.
Si nos preguntan le perdonarías?, la respuesta sería inmediata, si claro...........
No siempre es así, aunque parezcan cerradas las heridas siguen latentes y escuecen. El antes y el después
del hecho conflictivo siguen vivos y hasta el recuerdo de lo que dolió profundamente se repite.
Hay dos clases de perdones, uno esencial para sobrevivir, el otro para seguir viviendo y con la ayuda del
tiempo conseguir relegarlos.
La negación del perdón nos conecta y nos enfrenta con nuestra propia crueldad. Ya no hay que neutralizar la
maldad del otro, sino la nuestra, que nos la han despertado y no hay quien la duerma.
El perdón no es un favor que le hacemos a los demás, sino un bien que nos hacemos a nosotros para alejarnos
y liberarnos del horror de lo que vivimos definitivamente, impidiendole que su acto provocador encuentre eco
en nosotros. El perdón no es una dádiva ofrecida al otro que nos hirió, sino una elección consciente, un
antídoto imprescindible contra el veneno, un acto de amor hacia uno mismo
Debemos perdonar aunque no nos lo pidan, y aquellos que deberían ser perdonados deberán obtener el más

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